El
arquitecto Sóstrases de Cnido recibió en el 279 a.C un encargo muy
especial. El rey Ptolomeo Filadelfo le ordenó construir una torre en Faros, una
pequeña isla del antiguo Egipto, cerca de Alejandría.
Sóstrases levantó una torre de blanco mármol sobre cuya parte más alta se
colocó un gran espejo. Durante el día reflejaba la luz del sol y por la noche
el fuego seía guía para los navegantes que llegaban al puerto más
importante de la época.
Un terremoto derribó este primer faro en el siglo XIV y los restos que
de él quedaron fueron destruidos por el califa Al Walid en su intento de
encontrar un tesoro bajo los cimientos del Faro de Alejandría.
El
Coloso de Rodas o La Torre de Hércules, faros míticos de
los que hoy en día sólo queda uno en pie. El faro de Finisterre, el de Byron
Bay en Australia o Cape Point en Suráfrica, faros situados en
los confines de la tierra. En cada rincón del mundo hay un faro cuyos muros
guardan historias de hombres batallando contra olas y tormentas. Faros que
desde tiempos antiguos han iluminado el camino a tierra firme.
Desde aquellas épocas algo tan sencillo como una gran torre con una luz en su
parte superior ha sido punto de referencia para navegantes de todos los tiempos
y culturas. Valientes marinos, piratas, pescadores e intrépidos aventureros han
puesto sus destinos en la confianza de que aquellas construcciones les
alejarían del abrigo de Neptuno.
De los 189 faros que hay en España, 37 todavía tienen farero. Los nuevos
tiempos todavía no ha logrado acabar con un oficio tan antiguo como el mismo
faro. Los guardianes de estas torres, aquellos hombres solitarios que
inspiraron leyendas y cuentos siguen hoy vigilando que los navegantes lleguen a
puerto seguro.
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